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miércoles, 7 de abril de 2010

Un tipo aburrido

Es divertido verla jugar con la nieve, verla reír mientras corre tratando de evitar las bolas que le lanzan los niños. Es difícil pasear con ella por esa plaza, yo ando y ella viene y va, me adelanta, se retrasa, está un rato conmigo, no para un momento quieta. Hay una marabunta de niños en la plaza, es domingo y debe ser la hora en que todas las madres quedan para airearlos un rato.

- Eres el tipo más aburrido que he conocido en mi vida -Dice Cathy jadeando, con las mejillas sonrosadas, y el pelo rubio saliéndole por debajo del gorro blanco de lana-.
- No me apetece jugar a tirarle bolas de nieve a niños de 8 años. -Contesto con la entonación de quien dice algo lógico e irrefutable-.

Pero ella insiste e insiste, hasta que al final el grupo de niños es un clamor dirigido por ella:

- Tipo aburrido, tipo aburrido, tipo aburrido...

Así que resignado, me agacho, los niños aplauden, yo hago una bola de nieve, el grupo se dispersa corriendo, levanto la cabeza mientras sigo agachado, la localizo, me levanto rápidamente y le lanzo una bola de nieve.¡Zas!. Rápida, mortífera, directa a la cabeza... se va a cagar...¿un tipo aburrido yo? ¡ja!

Cada vez me sorprende más, ahora acabo de descubrir que también es ninja, pues en el último instante Cathy consigue apartarse y la bola sigue su camino, ya en una trayectoria claramente descendente, pero todavía con toda su capacidad mortífera intacta. Así que mientras la bola sigue bajando, un pequeño niño con un adorable gorrito rematado en un pompón y con un anorak rojo chillón se cruza en su camino.

¡Pafffff! En toda la cara. El niño cae al suelo y se reboza en la nieve mientras comienza a llorar de una manera a todas luces exagerada.

- Puto niño. -Es lo único que se me ocurre decir, en español claro-

El niño sigue llorando, Cathy se me acerca, me suelta un hostión en toda la cara, se acerca al niño y trata de consolarlo, se disculpa con la madre que se ha acercado muy asustada al ver a su retoño llorar desconsoladamente en el suelo, rodeado de todos los niños que miran con interés como la cara se le comienza a poner sensiblemente roja.

Yo me mantengo a una prudente distancia mirando al suelo, me duele la mejilla una barbaridad, estoy completamente avergonzado y pego pequeñas patadas a la nieve de manera distraída y mirando de reojo, tratando de escurrir el bulto. Pero Cathy ya le ha dejado meridianamente claro a la madre todo lo que ha pasado, y la señora me lanza miradas de odio mientras coge al niño entre sus brazos.

- Lo siento -Balbuceo, a modo de excusa mientras me encojo de hombros-.

Cathy viene, me coge de la mano y se me lleva de la pequeña plaza tirando de mí calle arriba. Aparte de jurar para si no me dice absolutamente nada. No se que decir, así que por no seguir en silencio y con tal de no estar callado se me ocurre decir:

- Ya te dije que no me apetecía jugar, además... si no te hubieras apartado...

Esa fue la primera noche que dormí en casa de Adam.

Puta nieve.

viernes, 29 de enero de 2010

Camino de la costa


Estábamos conduciendo camino de la costa. Era un día de calor, llevábamos las ventanillas bajadas y el viento nos despeinaba. Iba a ser un "día de coche" como a ella le gustaba llamarlo, Adam Duritz sonaba en la radio, Cathy subió el volumen y empezó a cantar, primero con él, luego por encima de él. Su voz lo llenaba todo.

- ¿Cómo una persona que es incapaz de decir una frase sin decir al menos una palabra mal sonante es capaz de tener esa voz?. Me preguntaba para mis adentros.

Era imposible resistirme a la tentación de escucharla, durante mucho tiempo he pensado que fue un hechizo, un maleficio en ocasiones, sólo necesitaba verla subida al escenario para saber que ella se había convertido en el motivo para seguir escribiendo, para seguir en aquella ciudad, en el centro de todo.

"Step out the front door like a ghost into the fog.
Where no one notices the contrast of white on white.
And in between the moon and you the angels get a better view
Of the crumbling difference between wrong and right I walk in the air between the rain through myself and back again
Where? I dont know
Maria says shes dying through the door I hear her crying
Why? I dont know"

Saqué el coche de la carretera. Ella subió la radio, salió afuera. Cantaba mientras caminaba sobre una línea imaginaria con los brazos extendidos, como si fuera una trapecista. Yo la miraba. Estaba parado en un descampado, mirándola, escuchándola, no necesitaba otra cosa para sentirme bien. Ella sólo necesitaba estar allí para ser feliz, le daba igual quien la llevase, y eso me aturdía. Jamás he vuelto a tener esa sensación, una vez que decidí recuperar el control no volví a sentirme libre. Mi libertad era su incertidumbre.

- Vámonos al mar unos días, vamos Tom, venga, va, di que sí. Quiero oír el ruido del océano.

- Cathy tengo que dar clases, necesitamos algo de dinero. - Dije, mientras trataba de intentar aportar algo de cordura a sus caprichos -

- Me llevaré la guitarra. Yo cantaré mientras tú escribes y nos bañaremos desnudos, sólo es un par de días. Dijo Cathy.

¿Qué coño se puede responder a eso? Todo el mundo trabajando y nosotros camino de la costa porque ella quería. Tócate los cojones.

Hacía ya un par de semanas que había dejado su trabajo de camarera en aquel tugurio, cosa que tampoco me importó. De los locales en los que había trabajado aquel era con diferencia el más sórdido de todos y volvía colocada más veces de lo que era habitual.

Cuando acabó la canción se acercó a mí. Yo estaba apoyado en la puerta del coche. Se acercó muy despacio mientras me miraba. El top blanco de tirantes y su mirada le daban un aspecto virginal completamente falso si reparabas en su forma de andar y lo ajustado de los vaqueros, siempre un poco largos rozando el suelo. Conocía esa artimaña, sabía que me iba a pedir algo, era, en cierto modo ridícula por repetitiva, como el mismo pequeño entremés antes de la gran representación.

- No vas a irte, ¿verdad? - Dijo Cathy mirándome fijamente a los ojos, tan cerca que su aliento rozaba mi cara.

- Eres tu la que sueles irte. ¿Recuerdas? - Dije casi ofendido.

- De momento, sólo de momento.-Contesto Cathy.

Entonces me abrazó y empecé a dudar de que le diese igual quien la hubiera llevado hasta allí esta vez. Me empezaron a asaltar las dudas. Hay quien lo llamó miedo.

Conduje a toda velocidad hasta una parada de carretera donde comer.

Siempre he preferido mi infierno a mil veces un cielo ajeno.

martes, 13 de octubre de 2009

De Tulsa a Dallas

El calor era insoportable, pero el Mustan descapotable que habíamos alquilado era innegociable.

-¿A quien coño se le ocurre coger un coche descapotable con este calor? ¡Joder!

Cathy estaba ya bastante cabreada con el viaje para ahora aguantar esto, no soportaba el calor, hubiera preferido ir a Canada y a cambio de eso habíamos dejado el odsmobile en un taller de Tulsa y esperábamos que lo pudieran arreglar, mientras, a mí se me había ocurrido la feliz idea de visitar Dallas, e íbamos por la interestatal 35 camino de esa ciudad.

Ella no entendía el placer de conducir por aquellas carreteras, entrando y saliendo a la autopista, mirando todo con ojos hambrientos, escuchando la música a todo volumen:



Con esta canción se pasó el momento de ira, ella se levantó en el asiento y el viento echó hacia tras sus cabellos, cerró los ojos y empezó a cantar y a contonearse, en aquel instante me di cuenta que aquello era único, ese instante no se volvería a repetir. El calor, el sol brillando, la quería y ella me dejaba quererla, eramos libres de querernos o de dejar de hacerlo, éramos libres, ella cantaba y yo escribía, todas las promesas que me había hecho a mi mismo se estaban cumpliendo y sólo había sido necesario tener valor y olvidarme de aquella gente que son incapaces de cumplir sus sueños y tratan de arruinar los tuyos.

Entonces me di cuenta, a partir de entonces todo sería una cuesta abajo en mi vida. La certeza fue absoluta.

martes, 29 de septiembre de 2009

Sebadoh y una canción más

Pasaron dos días desde de lo del tío de EMI, que al final ni era de EMI ni hostias, y estuve toda la tarde conteniendo la risa y tratando de ahogar mis ganas de decir mi frase preferida: "lo ves, ya te lo dije"

Ella estaba al otro lado de la barra con cara de "no digas ni una sola palabra" mientras fregaba unos vasos, aunque sabía manejarse bien con tipos como aquellos esta vez se había asustado, yo, sentado en la barra bebiendo un botellín esperaba que llegase Adam. No sabía quien iba a tocar hoy, los miércoles normalmente siempre dejaban el escenario para gente que necesita darse a conocer y había obtenido muy buenas sorpresas de esas noches.

Esta vez mi sorpresa fue cuando ella desapareció de la barra y apareció, como por arte de magia, sobre el escenario con su guitarra y un taburete alto, con un pie en el suelo, medio de pie, medio sentada, sacó unos papeles los puso en un atril y dijo: "Os voy a cantar un par de canciones que no he tocado nunca antes"

Después de acallar los aplausos, silbidos y alguna burrada de los borrachos no habituales del bar comenzó. Era la segunda vez que la veía subida en el escenario sin la banda, sola, sólo con su guitarra parecía desnuda, justo antes de la primera nota me miró como nunca me había mirado antes... otra vez.

"Estamos ardiendo, todos estamos ardiendo, nos estamos consumiendo en este océano de llamas en el que nos empeñamos en nadar, si pudiéramos ser nosotros mismos nos alejaríamos de aquí, no hay ninguna necesidad de desear ser lo que no somos, pero a veces me asusto y deseo correr para evitar estrellarme contra el muro de tu decepción, el muro de mi miedo a que no me quieras realmente..."

Alto ahí, esa canción no podía ser suya, no podía estar diciendo realmente eso, porque eso significaba... apenas pude contener la cara de imbécil que se me había quedado cuando acabó la canción y me miró de nuevo. Era lo más parecido al "te quiero" que jamás obtendría de ella. La gente aplaudía cuando empezó con una canción de Sebadoh.



La sensualidad llenaba el escenario, yo estaba aturdido. La versión era mejor que el original, ojalá ese hijo de puta hubiera sido realmente de EMI, pensé, ella era mejor que infinitas personas que vivían gracias a la industria discográfica.

Acabó la canción y se despidió de la gente, a los 5 minutos estaba detrás de la barra otra vez. Cuando pasados 20 minutos se empezó a disolver el grupo de tíos que se habían ido como flechas a pedirle bebida y, aprovechando la ocasión, más cosas, ella se acercó a la esquina donde yo estaba.

-¿Es verdad?-Le pregunté
-¿El qué?-Contestó como despistada
-La primera canción.-Dije con impaciencia, como si le pidiera salir con 15 años a la animadora número 1 y chica más popular de un instituto cualquiera del este de los estados unidos.
-Es sólo una canción Tom, no pienses nada...

Y por desgracia la creí, como la creía siempre.

martes, 15 de septiembre de 2009

Solo en casa

No hay mucho que hacer, aparte de dormitar en el sofá. Si te detienes a escuchar puedes oír la casa crujir, sentir avanzar el ruido desde los cimientos hasta la cubierta. El contraste del verde en las calles frente al blanco de mi memoria hacen de Boston en esta época algo confuso, atemporal, irreal. Todo está tranquilo, oigo lo pájaros fuera, en el jardín, no tengo ni idea de ornitología pero el jodido cabrón es un virtuoso y me alegra la tarde con sus gorgoritos, supongo que para atraer alguna hembra, no creo que lo haga por el placer de escucharse a si mismo. Deberíamos aprender de los pájaros. Extraño pensamiento para una tarde de verano.

Mientras rebusco en el frigorífico y me preparo para iniciar mi ritual para escribir, a saber, ventana, portátil, música, vino y tristeza, oigo el rugido del oldsmobile acercándose y entrando como una fiera en la casa. Dos pensamientos: Uno, se acabó la tranquilidad, dos, seguro que ha vuelto a dejar las dos putas ruedas en el césped.

Portazo. Y vuelvo a pensar: Algún día hará giratoria la puta puerta. Cathy entra en casa.
-¡Hey! Estás aquí. Tengo que contarte una cosa.-Está especialmente contenta. Inquietante.
-A ver.-Digo temiéndome alguna locura.
-Joder que emoción demuestras…
-No, en serio, dispara.
-Un tío de EMI quiere hacerme una prueba.-Dice toda sonriente y segura de si misma.
-Me imagino yo que pruebas querrá hacerte.-Lo reconozco, fuera de lugar y totalmente desconsiderado, al menos eso le pareció a ella.
-Tú eres imbécil Tom.
-Venga en serio, me alegro de verdad, ¿y cómo surgió?-Digo tratando de no parecer un gilipollas integral otra vez.
-Estaba en la cafetería y me dijo que le sonaba mi cara, le dije que también trabajaba de camarera en The Paradise y que alguna vez había tocado allí porque conocía a uno de los dueños y entonces el tipo me contesta que me pase esta tarde por esta dirección y que le haga un par de canciones y …
-Ya, ya, ya…-Digo aguantándome la risa.
-¡Vete a la mierda Tom!-Se lío, pienso, pero es que parece que lo fuera buscando.
-Joder tía es que piensa un poco…la cafetería, la camiseta de tirantes y un tío se te acerca y te dice: ¡Hey me suena tu cara!, espero que te lo dijera sin mirarte al escote…

A veces la encabronaba sólo por el hecho de divertirme, aunque a veces las consecuencias eran devastadoras.

-¿Te crees que soy tonta o qué?-Me dice riéndose.-A veces pienso que te olvidas de donde estás y que sigues con una de esas novias beatas tuyas. Mira Tom, créeme, si el tío ese es de EMI y me quiere hacer un contrato reza porque sólo quiera que se la chupe.

Y dicho esto se levanta y sube las escaleras, y ahí me quedo yo, con cara de gilipollas, sin saber si lo ha dicho en serio. Vacilando en contestar algo, pensando en cómo salir de esta, cuando tres minutos después baja las escaleras con una minifalda y una camiseta y me dice mientras se dirige a la puerta:

-¿Nos vemos en el club?...Bueno aunque no sé si iré, igual ya no me hace falta.-Me dice con sonrisa burlona.

Yo me la quedo mirando, o la falda es muy corta o tiene las piernas muy largas, repaso mentalmente cuanto tiempo lleva sin largarse sin dar explicaciones, levanto el dedo para decir algo y un sonoro portazo resuena en la casa.

-¡La puerta joder que algún día la harás giratoria!-Muy bien Tom, un tío de la EMI queriéndosela follar y tú te preocupas por la puerta.

Le doy al play y me pongo a escribir. Otro maravilloso día con la lunática esta.

martes, 1 de septiembre de 2009

Asustado

No podía evitar el mirarla. De un tiempo a esta parte la chica rubia de los ojos inmensos y poses de zorra se me aparecía en todas las esquinas. Una tarde me sorprendí yendo al bar en el que sabía que trabajaba sólo para verla, y eso me asustó.

Nunca me gustó enero, nací en el mes más frío, en el mes de los nuevos propósitos y las eternas mentiras. Este enero, sin embargo, pintaba bien, por fin estaba en Boston, no conocía nadie y no me importaba estar solo. Pero aquella chica rubia, aquella chica rubia estaba jodiéndolo todo, yo había venido aquí a encontrarme a mí mismo y, ahora que empezaba a disfrutar, ella se colaba en cada una de las frases que escribía.

Bajé al puto bar, odiándome por saber que no lo hacía porque me apeteciese, sino porque quería verla al otro lado de la barra, pedirle una cerveza y que me sonriera, estaba bajando sólo por una sonrisa y maldecía conforme andaba haciendo equilibrios por la mierda blanca endurecida que cubría las aceras. El blanco de las calles contrastaba con la noche y me sentí extraño, como nunca me había sentido, me sentí terriblemente solo, la sensación era parecida a una idea que se te escapa, una palabra en la punta de la lengua y que se resiste a salir, anhelaba su mirada. El frío húmedo me iba calando los huesos, estuve a punto de besar el suelo del bar al mejor estilo papal cuando por fin entré, pero el sentido común me hizo contenerme. Siempre hace que me contenga.

Oteé la barra en busca de la chica rubia, el dueño estaba allí, al lado de otra chica rubia, otra, no ella. Alarma, se dispararon todas las alarmas, por lo poco que había hablado con ella sobre sus horarios sabía que por las tardes debería estar allí. Debía estar allí. “Calma, calma” me dije. Aunque la sensación de haberla perdido me empezaba a invadir. Estaba ya calculando cuantos bares tendría la ciudad y cuantos años necesitaría para recorrerlos todos cuando empezó a entrar en el bar la banda que tocaba esa noche. Apoyado en la barra los miré de reojo. Allí estaba ella, con una funda de guitarra al hombro. Me maldije por dentro al confiar mi felicidad a su sola presencia. “Pero como puedo ser tan imbécil” pensé para mis adentros, así que en una de esas piruetas mentales decidí que lo mejor era ignorarla, que no se me notara que la devoraba con la mirada esperando que ella fuera lo que demonios fuera que necesitara para cambiar y ser feliz.

Apoyado en la barra, aferrado al botellín, la sentí acercarse y noté su mano en mi cuello mientras pasaba por detrás, trepando por mi nuca, penetrando en mi pelo negro y enmarañado y acariciándome. Durante un segundo, mil años, el placer me desbordó, fue la mano de la madre que recoge al hijo del suelo, fue el primer beso nervioso a la salida del colegio, el primer polvo explorando un cuerpo extraño sin conocer los límites propios siquiera. Mientras me giraba ella dejó caer la mano deslizándola por mi hombro al tiempo que volvía su cabeza para sonreírme. Sonreí. Nadie nunca me había dicho de una manera parecida “Hey, hola, me alegro de verte”. Al verla ir hacia el pequeño escenario, sintiendo el movimiento de su culo bajo la funda de guitarra apoyada en su espalda, contemplando los vaqueros ajustados y su pelo rubio supe el infierno que me esperaba. Tenía que claudicar a la evidencia, era irracional, puramente químico, apenas habíamos hablado un par de semanas, pero su sonrisa me traspasaba, su risa hería mis oídos cuando la oía al fondo del bar y su voz cuando cantaba... Recuerdo la vez que la vi subida al escenario preguntando mi nombre la noche que la conocí. Después, por la noche, en la cama, una tormenta en mi cabeza. Habría renunciado a mi dios si lo tuviera por adorarla a ella esa noche, con la luz tenue, los suaves acordes de guitarra, el silencio en el bar, yo parado en la puerta y ella comenzando a cantar.

martes, 26 de mayo de 2009

Uno de los buenos

Una mañana, una cualquiera, sólo en mi cama. Nadie al lado otra vez. Siempre me duermo con la esperanza de que ella esté al despertar. Que se haya arrastrado entre las sombras hasta aquí, ¿desde dónde?, no lo sé. Hace ya una semana que se fue, otra vez. No meto a nadie en su cama, nadie extraño, es lo único que respeto. Me valen camas ajenas.

La misma resaca de siempre y las mismas ganas de verano. Ayer no fueron ni 5 las páginas que se salvaron de la papelera. Greenpeace acabará denunciándome.

Es siempre amor sobre lo que trato de escribir, siempre intento explicar que es solo una opción, una elección de lo correcto, pero siempre acabo odiando cuanto escribo y cuando escribo. Y ella siempre me recuerda que soy uno de los buenos en esta estúpida obra de teatro que algunos llaman vida.

-Tú eres buena persona. Tú eres uno de los buenos.-Dice mientras se ríe.

Ella se sabe una de las malas. No estoy tan seguro. A veces no siento, a veces me creo capaz de todo porque nada me afecta, insensible, cansado, estoy por encima del bien y del mal, podría ser el ángel exterminador de sentimientos.

Siempre trato de escribir sobre amor y acabo odiando a algo o a alguien en las líneas que escribo.

Me estoy quedando duro por dentro, no distingo el sexo del amor, la política de la corrupción, la gente del bullicio, lo correcto de lo incorrecto, todo es una masa inerme.

Diez de la mañana, recuerdo mi trabajo en España, no quiero volver. Aun así prefiero esto. Pongo música mientras me ducho.



Pienso en voz alta: ¿Es esta vida mejor?
Mejor, peor, igual. Todo me cansa. El sentir, el no sentir, todo. Salgo de la ducha.

La puerta del dormitorio está cerrada. No la dejé así. Con la toalla en la cintura la abro. Allí está, agachada deshaciendo la mochila, gira su cabeza y me mira.

-Hey! ¡Me he hecho un tatuaje! ¡Mira!
-¿Has necesitado seis días para hacertelo? –Tratando de no contener el sarcasmo.
-¡No me jodas Tom!... (piensa)…..¡Vamos al Frog Pond! –Dice mientras una mueca de felicidad le cruza la cara, no tiene lógica ninguna, se dedica a vivir, a ser feliz.
-Vamos Cathy, vamos. –Digo cansado.

Quizás sea uno de los buenos… y si no uno de los más gilipollas.

martes, 24 de marzo de 2009

Monstruos

Es la certeza de que todo lo que malgasto hoy algún día lo pagaré. Es saber que la felicidad no puede durar y que necesito ser infeliz para escribir. Que ella me haga feliz y que el miedo a perderla empiece a germinar en mí es todo uno. Y mientras pienso esto y ella medio dormida en el sofá, con su cabeza en mi regazo, dice:

-Siento como si hubiera un monstruo en la cocina.

Nadie podría ser más brillante expresando sensaciones. Mi admiración me hace sentirla irreal, pero es que es magnífica en sus apreciaciones. "Yo también tengo miedo", pienso, pero de momento lo puedo controlar.

-El próximo viernes toca el grupo de Bill. ¿Vendrás?- Pregunta Cathy mientras se estira como un gato y el top negro de tirantes se vuelve más corto todavía.
-No me lo perdería por nada del mundo.

Lo complicado de saber que estás viviendo momentos irrepetibles y ser consciente de ello es que estás tan aturdido que apenas disfrutas.

Llegó el viernes y ella me esperaba en el bar, trabajaba allí por las noches, pero hoy estaría al lado correcto de la barra. Sólo escuchando, riendo y bebiendo. Nada de trabajar. Esta noche lo merecía.

Una vez en el bar tomé consciencia de todo y me sentí orgulloso, por una vez y sin que sirviera de precedente. Allí estaba yo, viviendo, sintiendo, haciendo lo que cualquier otro mortal pero que yo me había negado durante tanto tiempo.

Y entonces empezó, sentir los golpes de la batería en el pecho es único, vibrar con cada nota, saltar, reír. Seríamos 300 pero me sentía parte de aquello, por primera vez me sentía parte de algo más que no fuera pertenecer a ese oscuro pasajero que a veces habita mi cerebro. Era parte de Boston.

La miré, y ella me miró. “Torch Singer” sonaba de fondo, mal presagio, pero ella sonrío, puso sus brazos sobre mis hombros y me besó despacio, mientras la gente saltaba alrededor. Fue eterno, fui consciente que aquello no podía seguir subiendo, que aquello mañana sería el mejor recuerdo de mi vida, que a partir de entonces todo tendría que empezar a decaer, que la rutina nos consumiría, que sus besos se convertirían en habituales y no en extraordinarios, que sus escapadas a ninguna parte se volverían frecuentes, pero sorprendentemente lo conseguí apartar de mi. Y de repente, sin darme cuenta, sin pensarlo, lo dije:

-Te quiero Cathy.

Y mientras comenzaba una nueva canción me cogió de las manos, me miró muy despacio y me dijo:

-¿Qué coño estás diciendo Tom? ¿De qué cojones estás hablando?

martes, 24 de febrero de 2009

Adiós (y II)

-Pues vete. Maldito cabrón. Lárgate. Fuera de mi vista. No quiero volver a verte.

Y dicho esto comenzó a destrozar la casa. A gritarme barbaridades mientras lo hacía. Lloraba, increíblemente lloraba. No lo había previsto de este modo. Tenía ya el billete comprado, mi mochila hecha. Nada había traido, nada me llevaba. Pero ella no debería haber llorado, me parecía imposible. No lo había supuesto así. ¿Acaso no la conocía?

Contemplé la escena que se prorrogó durante minutos, hasta que cayó exhausta en el sofá. Sentada con el pelo sobre la cara hipaba mientras hablaba bajo, sólo para ella, maldecía. De repente se levantó y se dirigió a la cadena de música, puso un CD, repetir canción, subió el volumen y Rob Thomas empezó a atronar en la casa y decirme lo que ella no me había dicho en estos años, al menos así lo entendí.



"Wonder how you sleep I wonder what you think of me If I could go backWould you have ever been with me I want you to be unusedI want you to remember I want you to believe in me I want you on my side Come on and lay it downIve always been with you Here and now Give all thats within you Be my savior And Ill be your downfall Here we go again Ashamed of being broken in Were getting off track I wanna get you back again I want you to trouble me I wanted you turning down I want you to agree with me I want so much so bad Come on and lay it down Ive always been with you Here and now Give all thats within you Be my savior And Ill be your downfall Yeah, be my savior (only love can save us now) (dont lay me down) (only love can save us now) Ill be your downfall (Ill be your downfall) (ah, love can save us now) (dont save me now)Lay it down Ive always been with you Hear me now With all thats within you Be my savior And Ill be your downfall Now Im back on my own Hear my feet, theyre made of stone Man, I make you go where I goWell hell, you, can I take you home Well, Im coming home on my back Kissing me, your lips painted black Let me be your downfal lLet me be your downfall, baby"

Ella lo recitaba como una letanía mirando al suelo. Jamás la había visto llorar. En ese instante pensé que jamás la volvería a ver. Que nunca más la vería retirarse el pelo de la cara, tocar la guitarra, insultarme, oírla gemir, verla en un escenario, no recordaba cuando la había visto por última vez reír a carcajadas en el bar junto a su botellín de cerveza, y no sé porqué en esos momentos no podía evitar el tratar de recordarlo. A veces el miedo te lleva a hacer cosas para las cuales necesitas un valor mayor que el que hubieras necesitado si hubieras elegido la opción más difícil. No tenía fotos, ni una maldita foto, me largaba y no tenía nada. Sería como si nunca hubiera existido.

Me acerqué a ella, traté de hablar, de despedirme, sólo recitaba la canción sentada en el sofá con la cara entre sus manos y me apartaba violentamente cuando intentaba acercarme. Subí a la habitación, cogí la mochila, traté de acercarme otra vez, seguía con las manos en la cara, llorando, recitando la letra, me golpeó.

-Adiós Cathy.-La miré por última vez y salí por la puerta.

Lo siguiente ya lo he contado. Un autobús por la 90 dirección al aeropuerto, todo nevado. Hasta hoy.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Adiós

- Me voy Cathy. -Dije, pero mi voz no salió firme y decidida como había planeado, más bien sonó vacilante, casi pidiendo permiso.

Había reunido todo el valor que había podido.

Había pasado la Navidad, ella llevaba ya bastante tiempo sin dar ninguna de sus espantadas, de hecho todo había cambiado, o yo creía que había cambiado. Con el tiempo me di cuenta que lo único que había pasado es que el miedo se metió en mis venas, me corroyó de dentro a afuera. Cuanto más me sentía parte de aquello más terror sentía a la incertidumbre y la provisionalidad en la que vivíamos.

No quería sentirme a salvo, no quería dejarla, no quería que me hiciera daño, no quería hacérselo, no sabía lo que quería a ciencia cierta, ni ella ni yo, lo único que sabía era que la quería o algo muy cercano a ello. Y todo eso tenía que haber sido suficiente.

Mi abuelo siempre decía: "Este crío lee demasiado, debería leer menos e ir más a la iglesia". Nunca encontré allí las respuestas que buscaba, la primera premisa era la confianza brutal y absoluta en unas normas devastadoras para mi forma de pensar, tampoco es que las encontrara en los libros que leía, pero al menos ahí disfrutaba. El sentimiento de saber que estaba condenado de antemano por no querer creer me asustaba y fascinaba al mismo tiempo, estaba convencido que ellos tenían razón, que el Dios cruel y vengativo debía de existir, tanta gente no podía estar equivocada. Tiempo después entendí que sí, que es posible engañar a mucha gente y que yo podía ser uno de ellos. Que ninguno estábamos a salvo de los profetas.

Yo tenía 11 años y sólo quería saber cosas, me fascinaba la naturaleza, intuía un orden lógico y despiadado en aquello. Más allá de misterios y obligaciones, temores y represalias, infiernos y purgatorios, doctrinas y curas asusta niños. Así que decidí buscar en los libros experiencias de gente, a vivir experiencias ajenas y hacerlas mías, pero con el tiempo todo fue cambiando, cada vez vivía menos, sentía menos, hasta que años después empecé a tener miedo y me convencieron. Seguí sin creer en ningún dios, ni en ninguna iglesia, pero me creí todo lo demás, creí en el dinero, en las dobles licenciaturas, en la corbata a las 8 de la mañana, en la competencia despiadada para llegar más arriba, en el padre de familia con un Audi en el garaje, en la corbata a las 8 de la tarde, en todos los sueños transformados en hobbies, en ellos. ¡Maldita sea!, creí en todos ellos menos en mí.

Ella me hacía sentir como un crío. No controlar nada, aprender todos los días, dejarte llevar, días rápidos, meses eternos. Quería que Cathy creyese en mí y yo creer en ella sin ningún tipo de demostración, ni razón, sin paliativos, a ojos cerrados, a tumba abierta, sin pensar en las consecuencias, dispuesto a sufrir las consecuencias. Y lo conseguí, durante un tiempo lo conseguí.

- Es mi vida, ¿no?, ¿acaso tengo otra?, ¿tienes tu otra Mr. "ya lo haremos mañana"?, ¿eh?, ¿dime?, vamos, venga, va, hagámoslo, ¿qué puede ocurrir si hacemos lo que queremos?, ¿eh?, ¿y si no lo hacemos?, ¿crees que no hacer lo que queremos nos va a llevar a ser más felices?, ¿mejores?, respóndeme Tom, ¡vamos!, ¿qué crees que ocurrirá?

Ahora puedo responderte.

Puede ocurrir que por no atreverme a hacer lo que quería acabara en un avión de vuelta, en el mismo trabajo del que me fui y en el que me mantengo con la cabeza agachada entonando el mea culpa, con una novia de pelo negro y ondulado, que sabe que vestido debe de llevar a una cena benéfica o a un cocktail, pero que es incapaz de hacerme escribir ni una sola palabra, puede ocurrir que sufra accesos de ira incontrolables, que pueda haberte negado durante 3 años, que mi mundo se haya derrumbado desde que te volví a ver en ese bar de Cádiz, que todos los días, cuando suena el teléfono, salto a por él con la vaga esperanza de que seas tú.

miércoles, 14 de enero de 2009

En el parque


Photo: vivalibre574

Me gustan los días en los que vamos a merendar al Frog Pond en el parque central de Boston. Ella casi siempre lleva la misma ropa para esos días, unas pequeñas sandalias negras, con apenas cuatro tiras de cuero entrelazadas y un vestido de tirantes negro y corto con unas pequeñísimas flores estampadas. Se dedica a dormitar a la sombra de un árbol, con ese césped suave y húmedo que no había visto crecer en ningún sitio como aquí.
Es agradable estar recostado contra un árbol, leyendo, con su cabeza apoyada en mis piernas.
Pasado un rato se levanta y se mete en el pequeño estanque donde el agua le cubre hasta la mitad de la pantorrilla, hay niños jugando, gente refrescándose.

Hace sólo unos meses esto era una pista de hielo, me invitó a patinar, se sorprendió al decirle que no sabía, que del sitio de donde venía no nevaba en invierno y que de hecho odiaba toda esa mierda blanca amontonada en las calles, acechando para hacerme caer. Entonces se empeñó en enseñarme y yo le dije que no, que moriría tranquilo aunque no supiera patinar, que me parecía ridículo dar vueltas y vueltas sólo por el hecho de deslizarse. Era estúpido igual que toda esta parafernalia de la navidad, entonces me besó, contra todo pronóstico ella me besó por primera vez, despacio, casi sin querer, a traición, con sorprendente ternura.

- Yo pienso ir a patinar, así que ahórrate tus discursos, pienso seguir disfrutando de todo esto y no vas a venir tu con tu ridículo acento a decirme que soy estúpida por hacer lo que hace todo el mundo. Mírate, eres el único que está afuera, ¿por qué te empeñas en ser infeliz?, ¿por qué no coges lo que te gusta?, sin preguntar, sin soltar discursos, sin compadecerte de ti mismo. Eres un jodido imbécil.

Dio media vuelta y desapareció entre la gente. Cathy me había besado y yo era un pasmado al que le habían dejado sin saber que responder. Había pensado que la primera vez que tratara de besarla yo iría lo suficientemente borracho y me acabaría partiendo la cara el novio de turno, sino ella misma, si todo iba bien acabaríamos follando en mi piso y me partirían la cara al día siguiente. Pero todo muy superficial, todo muy primario, sin posibilidad de destacar entre el resto de recuerdos. No había sido así, y no sabía que decir.

- No quiero estar solo, tampoco se me da bien estar acompañado, pero lo que es seguro es que no quiero patinar.

Y me largué. Ella no estaba allí para oírme, pero al menos fui capaz de decirlo en voz alta. Es memorable la capacidad que tengo para poner el colofón a momentos importantes diciendo tonterías.

Hoy con el verano encima la veo distinta, sigue siendo la misma chica mal hablada, pervertida, de sonrisa y mirada manipuladora, capaz de hacer callar a un equipo de football ebrio cuando sube a un escenario y empieza a cantar, pero hay algo de ternura en la manera que dice "blow me" cuando algo le jode sobremanera, creo distinguir cariño cuando follamos en los baños de un bar y a veces hasta sonríe sólo por el hecho de sonreír, no para conseguir nada de mí.

Ahora la veo andar por el agua, jugando con los niños, dejándose mirar por los padres, siendo el objetivo de la censura de las madres, riendo, corriendo y el miedo vuelve a apoderarse de mí. "No pienses en mañana, no pienses en mañana" repite sin cesar, pero empiezo a no poder pensar en otra cosa.

Es lo que hay


Photo: Annais Ferreira

Una tarde de primavera el Oldsmobile no arrancó. Ella llegaba tarde al ensayo, así que confió más en que un amigo la pasara a buscar que en mi insistente afirmación de que era capaz de volver a arreglarlo.

Adam vino a recogerla, era un tipo alto, delgado, con un paso firme y decidido, nieto de italianos emigrados a los estados unidos en busca de un poco más de suerte y un poco menos de fascismo y guerra, aún conservaba unos pequeños impulsos de hablar con las manos. Cada vez que le veía hacer algún gesto demasiado vehemente me preguntaba que parte de nosotros está definida desde el principio, él era un buen ejemplo. Salí a saludarlo. Cathy salió al rato de casa con la guitarra, mientras subía al coche no pude evitar mirarle el culo.

- Nos vemos luego.

Tardó tres días en aparecer. Era la primera vez que lo hacía, mejor dicho, era la primera vez que me lo hacía a mí, y no estaba preparado.

Desconozco que es querer, más bien creo que jamás he querido igual, no hay dos veces que sean iguales. Siempre hay grandes gurús que te dicen como querer, como relacionarse, como seguir un protocolo establecido para la perfecta relación en esta sociedad, con la moralidad, cuando no la fe, velando por el bienestar tuyo (suyo), bien, yo debo de ser un inadaptado. El único problema es que si yo soy un inadaptado no sé como definirla a ella más allá de la palabra caos.

Por la noche llamé a Adam, ni idea, la había dejado en el local, llamé uno a uno a todos los del grupo. La misma respuesta siempre: salió del local con la guitarra, no dijo nada más. De eso hacía ya 6 horas. Fui al bar. No estaba. Volví a casa. Estuve despierto, contemplando el teléfono, hasta las 5 la mañana. Al día siguiente llamé a Adam.

- Tenemos que llamar a la policía.
Mi paranoia se había agudizado con el insomnio y no sabía qué hacer.
- Tranquilízate es normal.
- ¿Como coño quieres que sea normal?, lleva desde ayer sin dar señales de vida, le ha tenido que pasar algo, me hubiera llamado.
- Tom, escucha, es normal. La conozco.
- ¿Que mierda quieres decir?¿cómo va a ser normal? ¿qué está ocurriendo?
- Me paso por tu casa y hablamos.

Yo no sabía qué hacer mientras llegaba, así que bebí, y aproveche para escribir, y para beber, y para escribir. La odiaba, me preocupaba, algo me decía que esto no era como yo creía. ¿Cómo creía que era?. ¿Llevaba tres meses viviendo con ella y ya me creía capaz de saber cómo eran las cosas?. ¡Por todos los dioses! sólo follábamos juntos, durante las primeras semanas siempre me surgía la incertidumbre de si marcharme al día siguiente, pero cada día que pasaba era un día más, una sorpresa nueva, nuevas risas, ganas de oírla tocar, ganas de tocarla, y de repente, ahora, había desaparecido. Adam llamó a la puerta, habían pasado dos horas más.

Cathy solía hacerlo. Cuando todo funcionaba. Cuando todo iba bien se largaba.

Adam necesitó 15 segundos para decírmelo, yo 15 horas para asumirlo. Normalmente volvía pasados unos días.

- No trates de entenderlo. Sólo sigue adelante. Ella no se detendrá por ti, nunca lo ha hecho por nadie.

No me dio ninguna explicación más, dijo que sería ella quien me lo contase. Bebimos un rato, pusimos música, no quise presionarle, era un buen tipo, y algo en su mirada me decía que yo era un pobre imbécil y que el también lo había sido. Al cabo de un rato se marchó a la estación de servicio en la que llevaba trabajando las dos últimas semanas y las paredes se me volvieron a caer encima.

Sobrevivía dando clases de español a chicos del centro de Boston, con eso conseguía sacarme un dinero. Cancelé todas las clases y escribí durante dos días seguidos. Tenía un contacto en Madrid que me había publicado unos cuantos relatos en una revista, me había dado cuatro duros pero seguía animándome a enviarle más, lo cual siempre me había resultado sorprendente. Al tercer día envíe todo lo que había vomitado diciéndole que hiciese con ello lo que quisiera desde romperlo a publicarlo.

Cuando abrió la puerta eran las 7 de la tarde, habían pasado 3 días desde que se había largado.

- Hey, ¿qué tal?. Me voy a dormir.

Cruzó el pasillo y desapareció en la habitación. ¿Quién coño se creía que era? Me largo de esta casa, maldita zorra, llevo 3 días sin saber qué hacer, sin saber dónde buscarla, sin saber si aparecerá en una cuneta de la interestatal violada y con un puto tiro en la cabeza y sólo se le ocurre decir un estúpido "hey, ¿qué tal?". No tengo porque soportar esto, me largo, que le den, no mandé todo a la mierda para ahora vivir al antojo de una loca, me largo. Estúpido, soy un estúpido. Maldita zorra.

Entré dando un portazo en la habitación, empecé a recoger toda mi ropa, ella abrió los ojos y me miró entre aburrida y escandalizada.

- Si estás haciendo todo este ruido para que me entere de que te vas no hace falta que sigas. Me doy por enterada.

¿Pero quién coño se creía que era? Estaba agotado, quería decirle que era una autentica cabrona, que al menos podía haberme avisado, que al menos podía fingir que le importaba un poco, y cuando estaba a punto de abrir la boca para resumirlo todo en un "zorra" despectivo me miró fijamente y me dijo:

- Me importas. Tuve que hacerlo. Ya lo entenderás. No te vayas... por favor.
- No puedes hacerme esto Cathy, no puedes.
- Sí que puedo, sé que no debería, pero sí que puedo. No somos iguales Tom. Es lo que hay.

Llevaba una camiseta blanca de tirantes y unos vaqueros, todo se ajustaba a su cuerpo, estaba tumbada boca abajo sobre la cama. Apoyaba su cabeza en las manos y el pelo rubio y liso le caía por un lado de la cara, me miraba con tristeza, como si supiera que hacía daño a todo el que se le acercaba y esta vez me estaba tocando a mí.

- Podemos intentarlo, de verdad, ven aquí.

Lo dijo estirando una mano hacia mí. Si hubiera habido un premio al mayor imbécil del mundo en ese momento lo hubiera ganado sin paliativos. Me daba igual si durante esos tres días se había tirado a medio cuerpo de marines, me daba igual la pequeña voz que susurraba en mi cerebro: "problemas, problemas, problemas", me daban igual las ganas de gritar, las explicaciones por pedir, en ese momento callé y mientras me cogía de la mano me hundí en su caos.

A las tres semanas me llegó un talón de 350$ y un número de teléfono. Me habían publicado. Ella no se había vuelto a ir. Hacía calor. Todo marchaba bien.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Cathy Jones

-Espera a la primavera, las cosas se ven de otra manera.

Siempre tenía las frases adecuadas para detener mis huidas a ninguna parte.

Vivíamos en una casita en Cambridge, tenía un árbol a la entrada, un pequeño jardín trasero y pagábamos poco alquiler. La casera no husmeaba mucho por la casa. Cathy vivía allí desde hace 4 años cuando una noche me invitó a quedarme.

La había conocido en uno de los bares a los que solía ir a tomar una cerveza y escuchar la banda de turno. Se había sentado en mi mesa al grito de "Merry Christmas", le contesté lo mismo, más por educación que por interés, pero entonces cometí un error garrafal: levante la mirada de la mesa llena de botellines y la vi. Instintivamente miré alrededor, no se porqué, quizás pensé que alguien quería gastarme una broma, ella llevaba un ridículo gorro de Papa Noel con cascabeles rodeándole toda la cabeza, aparte de ese detalle y de que iba medio borracha, estaba perfecta sentada en su silla, apoyando sus manos en la barbilla, el pelo rubio saliéndole desmarañado del odioso gorro y mirándome, sorprendida por el acento.

La proposición de ir con su grupo de amigos no me convenció, así que pasé a ser "el chico raro de la mesa de la esquina", tenía cerveza, no tenía dinero para nada mejor, y música en directo, eso añadido al poco dominio del idioma por aquel entonces, me convertían para ella en un ser huraño, con un cuaderno lleno de escritos en un idioma que no entendía. Con el tiempo ella se acercaría y a hurtadillas, por encima de mi hombro, miraría lo que escribía, señalaría su nombre en ellos, sonreiría y me preguntaría que qué coño contaba de ella.

La sorpresa llego al tercer día, justo después de la última actuación, la gente estaba marchándose, yo apuraba mi cerveza mientras me preparaba para salir a las calles heladas. De espaldas al escenario enfilaba la puerta, cuando su voz sonó por los amplificadores:

- ¿Dónde vas chico raro?. ¿No quieres oírme tocar un par?.

Bastantes se volvieron, yo estaba convencido que me lo decía a mí, pero seguí andando. No se por qué, pero sabía que si me volvía todo cambiaría.

- Me llamo Cathy. ¡Cathy Jones!. ¡¡¿Cómo te llamas jodido sordo?!!.

Me di la vuelta y me quede quieto. Alguien le había pasado una guitarra, conocía mucha gente, supongo que el dueño del garito sería íntimo, se había subido al escenario y estaba delante del micro como si todo aquello le perteneciera. Casi todo el mundo enfilaba la salida. Yo, contracorriente, la miraba. Cuando no quedó casi nadie le grité:

- Tom

Y todo cambió.