Ha sido una espoleta. Una vez que hablé de algo más importante que de ti y de mí, algo más grande por lo que luchar, algo por lo que llegar a creer, tú me miraste con cara de interrogante y me sentí miserable yo también. Esperaba algo más de ti, quizás de mí. No lo sé. A veces no podemos creernos todo lo que nos dicen los telediarios. Nunca he sabido decir que sí a lo que no estoy de acuerdo.
-¿Desde cuándo te ha preocupado la política? –Me pregunta Sandra.
Llevo demasiado tiempo callado. Levantándome por las mañanas, trabajando 12 horas, sin escribir, sin tocar, sin leer, sin pensar, creyendo que eso enterrará el yo que me hace ser un inconformista, el yo que me hace creer que podemos cambiar todo esto, el yo que no se resigna.
Igual ya tenía todo decidido, igual ya sabía que iba a dejarte y esto no es más que una excusa. Voy a escribir a Cathy. Nunca te he comparado con ella. Pero ahora que pienso que ella estará en pie, diciendo que no, me pregunto qué me diría. Tus respuestas ya no me valen…
-¿Señor es suyo un Audi A4 negro que está en doble fila?-Pregunta el camarero.
-Sí, bueno, de mi novia. Ya salgo yo. Sí, no te preocupes Sandra, salgo yo. Necesito salir de aquí. Lo necesito.
Salgo y me aflojo la corbata. Me meto en el coche y lo muevo para que salga un Mercedes clase E. Lo dejo en su sitio. Si entro y vuelvo a escuchar la palabra “YO” me los cargo con el cuchillo de la carne. Pongo uno de mis CDs que ella margina al fondo de la guantera, uno al azar y enciendo un cigarro. Sólo cinco minutos. Necesito pensar, necesito pensar, ponerlo todo en fila y reflexionar.
Vi como nos engañaban para ir a una guerra y que tú sólo decías:
-¿Qué más da? ¿Acaso nos afecta en algo?
Y me sentí triste, vacío, impotente. Veo como nos engañan en nuestro trabajo y tú sigues queriendo más, más dinero, más ascensos, más habitaciones, a costa de mis sueños que nunca te conté, a costa de todo lo que estaba tratando de olvidar y nunca te dije.
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martes, 7 de julio de 2009
martes, 23 de junio de 2009
Del amor y la guerra (I)
Hoy estamos en guerra. Cambiemos nuestras ropas de civiles felices por el disfraz del miedo. Justifiquemos sus desmanes en aras de nuestra seguridad, tuvimos miedo, tenemos miedo. Pongamos cámaras en cada esquina, invadamos países lejanos, démosles todo el poder hasta que se olviden de nosotros, hasta que piensen por nosotros, hasta que decidan por nosotros, hasta que nos digan que leer, como amar, que decir, como pensar, a que dios rezar. Necesitamos a Guy Fawkes.
Y sin embargo nada cambia para Sandra y para mí. Todo nos da igual. Seguimos la misma rutina, seguimos comprando muebles de diseño sueco, tenemos más y más dinero. Nos miramos a los ojos y cada vez encontramos menos de nosotros. Ella no lo entiende, voy a salir a la calle, si estoy solo me llamaran loco, si somos muchos lo llamaran revolución. Aún nos queda tiempo. A nadie le importa ya si estamos vivos o muertos. Algo hay que hacer….
“Cambiemos de azul. Tal vez de ciudad. Mejor de trabajo.”
¡Sígueme! Sandra ¡Vamos! ¡Sígueme! Esta vez va en serio. Voy a volver a hacerlo, no voy a permitir que me roben el tiempo.
Y sin embargo nada cambia para Sandra y para mí. Todo nos da igual. Seguimos la misma rutina, seguimos comprando muebles de diseño sueco, tenemos más y más dinero. Nos miramos a los ojos y cada vez encontramos menos de nosotros. Ella no lo entiende, voy a salir a la calle, si estoy solo me llamaran loco, si somos muchos lo llamaran revolución. Aún nos queda tiempo. A nadie le importa ya si estamos vivos o muertos. Algo hay que hacer….
“Cambiemos de azul. Tal vez de ciudad. Mejor de trabajo.”
¡Sígueme! Sandra ¡Vamos! ¡Sígueme! Esta vez va en serio. Voy a volver a hacerlo, no voy a permitir que me roben el tiempo.
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miércoles, 4 de marzo de 2009
Ambientes
Empecé a hablar con Sandra en los cafés. Un día ocupé su mesa en vez de sentarme en la barra y, por increíble que me pareciera en aquellos momentos, el mundo no se replegó sobre si mismo y desapareció al cambiar mi rutina por un día. Es más, cuando ella entró y me vio sentado en su sitio sonrió.
Después del tropezón en la puerta de entrada había tardado tres días en volver a la cafetería, pero estaba dispuesto, estaba preparado y hoy no había vuelta atrás. “Joder que mal estoy de la cabeza” pensaba, “es sólo otra tía, es sólo otra tía”. La verdad es que no había vuelto a salir más de dos días seguidos con nadie desde Cathy. Si no había oportunidad de conocerla, si no descubría sus aficiones, lo que la hacía reír, no había peligro. No daba nada de mí. Sólo una noche, unos baños, un portal, su casa o la mía, pero nada más. No era feliz, pero tampoco lo contrario.
-¿Me puedo sentar?
-Es tu sitio, ¿no? – Dije de manera cortante, “no es tu enemigo, no es tu enemigo” me repetía mentalmente.
Y se sentó.
Tomábamos café todos los días. Yo cambié mi horario para coincidir con ella. Llegaba a y 10 justo como ella. Muchos días incluso coincidíamos en la puerta. Teníamos 20 minutos.
Estuvimos así un par de semanas.
Era simpática, políticamente correcta, muy educada, vamos, que en dos semanas no tenía ni zorra idea de cómo era. Me caía bien, pero por el resto era un puto tempano de hielo. Le gustaba el cine, leer decepcionantes best sellers anunciados a bombo y platillo en todos los medios de comunicación, iba al gimnasio por puro hedonismo, si iba bien para la salud era un daño colateral bienvenido, el resto de su vida trabajaba y trabajaba. Era directora del departamento de compras de una empresa bastante importante cuya sede estaba al lado mismo de la mía. Era el demonio.
-¿Te apetece tomar una copa esta noche?-Le dije.
-Si claro. ¿A dónde iremos?
-Ehhh, estooó, ni idea. ¿Te pasó a buscar a una hora y decidimos?
Igual no llevaba muy bien preparada la táctica pero es que confiaba en una excusa y punto o en un “Vale, de acuerdo” a tal hora y ya está.
-Bueno, pero dime donde vamos a ir, para ir vestida de un modo u otro.
-Y yo qué coño se, joder, a tomar una cerveza, hablar fuera de este encorsetado ambiente, a pegarle fuego al traje y la corbata, a emborracharnos mientras nos reímos, ¿tan difícil es?, joder propón tu también algo.- Pensé, pero claro, no dije ni una palabra de esto, si no que lo cambié por un:
-¿Te apetece cenar? Podemos ir al Escondido y después tú eliges el sitio de las copas.
El Escondido era un restaurante de nueva cocina del cual había oído hablar maravillas en el despacho, lo más seguro que fuera un sitio de moda que serviría una comida escasa y ramplona que si te la presentaran en un bar de carretera la estamparías contra la pared al grito de: “¡Camarera! ¡¿Usted se cree que yo soy gilipollas?! ¡¿Qué mierda es esta!?”, pero claro cómo estás en un sitio superfino y te están soplando 115€ por el cubierto, bebidas aparte, pones cara de haba mientras dices: “Esssstupendo, este plato está esssstupendo”, a ver si vas a ser tu menos sensible a las artes culinarias que los demás. Y ale a tragar como un imbécil.
-Tengo unos compromisos antes. Prefiero quedar directamente para tomar algo.-Dijo Sandra.
Incomprensiblemente lo primero que pensé al oír aquello fue: “Hoy follo”. No acierto a averiguar el razonamiento que me llevó a tal conclusión, pero fue lo primero que pensé.
-Está bien. ¿Prefieres algún sitio en especial?- No estaba dispuesto a asumir que no tenía ni idea de adonde llevar a una chica como ella.
-Si te parece vamos al Malecón, sobre las 11 allí. ¿Te parece bien?- Dijo Sandra
-Muy bien. Por cierto… ¿dónde está?...
Arrugó la frente mientras me miraba y pensaba algo así cómo: “¿De dónde coño han sacado al Neanderthal éste que no sabe dónde está el Malecón?”. Apunté la dirección y quedamos en vernos allí. Otro sitio de moda pensé.
Se acabó el café. Se acabaron los 20 minutos. Recogimos las cosas y volvimos al trabajo. Tenía la sensación que se avecinaba el apocalipsis sobre toda la humanidad y yo era el único que lo sabía.
Después del tropezón en la puerta de entrada había tardado tres días en volver a la cafetería, pero estaba dispuesto, estaba preparado y hoy no había vuelta atrás. “Joder que mal estoy de la cabeza” pensaba, “es sólo otra tía, es sólo otra tía”. La verdad es que no había vuelto a salir más de dos días seguidos con nadie desde Cathy. Si no había oportunidad de conocerla, si no descubría sus aficiones, lo que la hacía reír, no había peligro. No daba nada de mí. Sólo una noche, unos baños, un portal, su casa o la mía, pero nada más. No era feliz, pero tampoco lo contrario.
-¿Me puedo sentar?
-Es tu sitio, ¿no? – Dije de manera cortante, “no es tu enemigo, no es tu enemigo” me repetía mentalmente.
Y se sentó.
Tomábamos café todos los días. Yo cambié mi horario para coincidir con ella. Llegaba a y 10 justo como ella. Muchos días incluso coincidíamos en la puerta. Teníamos 20 minutos.
Estuvimos así un par de semanas.
Era simpática, políticamente correcta, muy educada, vamos, que en dos semanas no tenía ni zorra idea de cómo era. Me caía bien, pero por el resto era un puto tempano de hielo. Le gustaba el cine, leer decepcionantes best sellers anunciados a bombo y platillo en todos los medios de comunicación, iba al gimnasio por puro hedonismo, si iba bien para la salud era un daño colateral bienvenido, el resto de su vida trabajaba y trabajaba. Era directora del departamento de compras de una empresa bastante importante cuya sede estaba al lado mismo de la mía. Era el demonio.
-¿Te apetece tomar una copa esta noche?-Le dije.
-Si claro. ¿A dónde iremos?
-Ehhh, estooó, ni idea. ¿Te pasó a buscar a una hora y decidimos?
Igual no llevaba muy bien preparada la táctica pero es que confiaba en una excusa y punto o en un “Vale, de acuerdo” a tal hora y ya está.
-Bueno, pero dime donde vamos a ir, para ir vestida de un modo u otro.
-Y yo qué coño se, joder, a tomar una cerveza, hablar fuera de este encorsetado ambiente, a pegarle fuego al traje y la corbata, a emborracharnos mientras nos reímos, ¿tan difícil es?, joder propón tu también algo.- Pensé, pero claro, no dije ni una palabra de esto, si no que lo cambié por un:
-¿Te apetece cenar? Podemos ir al Escondido y después tú eliges el sitio de las copas.
El Escondido era un restaurante de nueva cocina del cual había oído hablar maravillas en el despacho, lo más seguro que fuera un sitio de moda que serviría una comida escasa y ramplona que si te la presentaran en un bar de carretera la estamparías contra la pared al grito de: “¡Camarera! ¡¿Usted se cree que yo soy gilipollas?! ¡¿Qué mierda es esta!?”, pero claro cómo estás en un sitio superfino y te están soplando 115€ por el cubierto, bebidas aparte, pones cara de haba mientras dices: “Esssstupendo, este plato está esssstupendo”, a ver si vas a ser tu menos sensible a las artes culinarias que los demás. Y ale a tragar como un imbécil.
-Tengo unos compromisos antes. Prefiero quedar directamente para tomar algo.-Dijo Sandra.
Incomprensiblemente lo primero que pensé al oír aquello fue: “Hoy follo”. No acierto a averiguar el razonamiento que me llevó a tal conclusión, pero fue lo primero que pensé.
-Está bien. ¿Prefieres algún sitio en especial?- No estaba dispuesto a asumir que no tenía ni idea de adonde llevar a una chica como ella.
-Si te parece vamos al Malecón, sobre las 11 allí. ¿Te parece bien?- Dijo Sandra
-Muy bien. Por cierto… ¿dónde está?...
Arrugó la frente mientras me miraba y pensaba algo así cómo: “¿De dónde coño han sacado al Neanderthal éste que no sabe dónde está el Malecón?”. Apunté la dirección y quedamos en vernos allí. Otro sitio de moda pensé.
Se acabó el café. Se acabaron los 20 minutos. Recogimos las cosas y volvimos al trabajo. Tenía la sensación que se avecinaba el apocalipsis sobre toda la humanidad y yo era el único que lo sabía.
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miércoles, 18 de febrero de 2009
En el café

Fue una mañana de finales de octubre del 2000, el otoño hacía días que se había vuelto desapacible, extrañamente desde que había vuelto de Boston soportaba todavía menos el frío, y había pasado ya un tiempo. Creo que el frío me recordaba todo aquello, e inconscientemente trataba de borrarlo de mi mente, aunque nunca he sido demasiado fiable psicoanalizándome. Ella estaba sentada en la misma mesa del bar donde la llevaba viendo las últimas semanas. Se sentaba y leía un libro mientras se tomaba un cortado descafeinado de sobre con la leche del tiempo.
Al principio me pareció una chica atractiva más, solía llevar trajes chaqueta de colores oscuros, inmaculados y perfectamente planchados, todos le hacían buen culo, “sastre, si no es imposible que todos le queden igual de bien”, pensé para mis adentros, el pelo ondulado y negro brillaba casi hasta resplandecer, ni un día la vi vestida con prisas. De momento no me había acercado lo suficiente para notar su perfume, pero estaba seguro que sería sutil y caro.
A las 10 de la mañana llegaba yo, traje, corbata, abrigo, café solo, tres churros, prensa. 20 minutos en una silla en la barra. A las 10 y 10 llegaba ella. Siempre, todos los días laborables. Rutina embrutecedora.
El día que me descubrí mirando la puerta a las 10 y 13 minutos porque ella no había aparecido decidí decirle algo. No sabía si ella había advertido mi presencia rutinaria. Daba igual. Estaba solo, ¿qué podía perder?
A y 20 me levanté, dejé el importe exacto en la barra, me puse el abrigo y me dirigí hacia la puerta. Estaba lloviendo, en el umbral, justo antes de abrir la puerta encogí los hombros, agaché la cabeza y me dispuse a salir. En ese momento entró ella cerrando el paraguas y casi chocamos.
– Hola, llegas tarde. – Dije con una sonrisilla de imbécil en la cara mientras le sujetaba la puerta.
– La lluvia. Mañana seré puntual. – Su sonrisa de imbécil era más favorecedora que la mía.
– Entonces hasta mañana… ¿cómo te llamas?
– Sandra, me llamo Sandra.
– Yo Tomás. Mañana nos vemos entonces.
–Si claro. Hasta mañana.
Llegué empapado al despacho, me senté delante del ordenador y repasé la escena mentalmente. Había algo que no encajaba. Algo que se me escapaba. Le estuve dando vueltas todo el día. Por la noche lo tenía claro, me había sorprendido su respuesta, “La lluvia. Mañana seré puntual”. No es que no fuese una respuesta coherente, eran las formas, la manera de decirlo. En el fondo deseaba que hubiera aparecido con el pelo empapado, desaliñada y me hubiera contestado: “Puta lluvia”
Al principio me pareció una chica atractiva más, solía llevar trajes chaqueta de colores oscuros, inmaculados y perfectamente planchados, todos le hacían buen culo, “sastre, si no es imposible que todos le queden igual de bien”, pensé para mis adentros, el pelo ondulado y negro brillaba casi hasta resplandecer, ni un día la vi vestida con prisas. De momento no me había acercado lo suficiente para notar su perfume, pero estaba seguro que sería sutil y caro.
A las 10 de la mañana llegaba yo, traje, corbata, abrigo, café solo, tres churros, prensa. 20 minutos en una silla en la barra. A las 10 y 10 llegaba ella. Siempre, todos los días laborables. Rutina embrutecedora.
El día que me descubrí mirando la puerta a las 10 y 13 minutos porque ella no había aparecido decidí decirle algo. No sabía si ella había advertido mi presencia rutinaria. Daba igual. Estaba solo, ¿qué podía perder?
A y 20 me levanté, dejé el importe exacto en la barra, me puse el abrigo y me dirigí hacia la puerta. Estaba lloviendo, en el umbral, justo antes de abrir la puerta encogí los hombros, agaché la cabeza y me dispuse a salir. En ese momento entró ella cerrando el paraguas y casi chocamos.
– Hola, llegas tarde. – Dije con una sonrisilla de imbécil en la cara mientras le sujetaba la puerta.
– La lluvia. Mañana seré puntual. – Su sonrisa de imbécil era más favorecedora que la mía.
– Entonces hasta mañana… ¿cómo te llamas?
– Sandra, me llamo Sandra.
– Yo Tomás. Mañana nos vemos entonces.
–Si claro. Hasta mañana.
Llegué empapado al despacho, me senté delante del ordenador y repasé la escena mentalmente. Había algo que no encajaba. Algo que se me escapaba. Le estuve dando vueltas todo el día. Por la noche lo tenía claro, me había sorprendido su respuesta, “La lluvia. Mañana seré puntual”. No es que no fuese una respuesta coherente, eran las formas, la manera de decirlo. En el fondo deseaba que hubiera aparecido con el pelo empapado, desaliñada y me hubiera contestado: “Puta lluvia”
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