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martes, 14 de julio de 2009

A seis pies bajo tierra

Era un lluvioso día de otoño. De esos días que te arrastran a la melancolía aunque trates de ser feliz. Pero ese día no trataba de ser feliz, no suelo malgastar las energías en tareas imposibles y esta era una de ellas. Ese día enterraba a Cathy.

Antes de ir al cementerio conduje hasta nuestra antigua casa, recorrí con el coche las calles que nos habían visto regresar a casa una y otra vez después de cerrar el bar o volver de algún concierto. Cuando me di cuenta llevaba 15 minutos rodeando la manzana sin atreverme a encarar la calle con el coche, así que decidí aparcar en uno de los laterales de la tranquila calle rodeada de árboles. Descendí y doble la esquina, la vi al fondo en esa misma acera, anduve unos minutos que me parecieron eternos y llegue hasta el jardín. La casa estaba cerrada y un cartel de se alquila colgaba de un poste.

Blanca, con aspecto desvencijado, el porche sombrío, cerré los ojos, me agaché para tocar la hierba, creí oír su voz llamándome desde dentro, creí oír su guitarra y su voz. Quería recordar eternamente su voz, sin embargo se difuminaba, no la podía retener, se confundía en una maraña de recuerdos y de silencios. Olvido las voces. Hubiera llorado pero no había más dentro de mí. Estaba exhausto, vacío. Me levanté.

Me di la vuelta sabiendo que jamás volvería a pisar ese lugar. Era octubre del 2006, recordaba como si fuera ayer la primera noche que pasé en esa casa, enero del 98. Casi nueve años. Vi mi reflejo en un charco salpicado de hojas. Hubiera vendido mi alma por volver a ese momento, la vendería a cambio de una eternidad de dolor si ella girase esa esquina ahora mismo con su guitarra al hombro, su sonrisa, sus brazos inmaculados. Le pedí ese deseo al charco, como si el charco fuera la máxima representación del dios más poderoso inventado por el hombre. Tenía que irme, si pasaba allí un segundo más cogería el coche dirección al río y no frenaría.

Las hojas cubrían el suelo al paso del coche fúnebre y este levantaba un remolino de hojas con mil tonalidades entre el marrón y el amarillo. El olor a tierra mojada se acentuó al llegar a la fosa, cavada en la tierra la noche anterior. Somos barro. Somos una mezcla de olvido, esperanzas y tiempo abocada al fracaso, con más o menos capacidad para engañarnos y decir que somos felices mientras dejamos pasar la vida.

No creo en Dios, ella tampoco creía. En ese momento la idea de que no había nada más me resultaba reconfortante, cálida, por fin era el fin. No soportaría una eternidad de mi mismo, creo que ella hubiera pensado igual. Éramos pocos, éramos los justos, los que la quisimos como ella era. No hubo oratoria. Sólo dije gracias. Uno a uno nos abrazamos, todos se fueron yendo. Adam y Jane se quedaron los últimos. Cuando abracé a Adam reviví el dolor de cuando la encontré tirada en el baño, pálida, inerme, fría. Me dejaron solo. Empezaba a llover otra vez, oscurecía, la recordé girando sobre si misma en el jardín de nuestra casa, haciendo circulos bajo la lluvia, empapada, riendo, en una tarde como esa de hace siete años. Trate de decir algo en voz alta, a modo de despedida, algo personal, algo para recordar. No pude. Inspiré profundamente, me giré y ella se quedó allí, a seis pies bajo tierra. Para siempre.

martes, 30 de junio de 2009

Creo que es demasiado tarde

-Deberías parar. No quiero meterme en tu vida pero… ¡Qué demonios! Si que quiero, ¡que pasa! no puedes seguir así, te estás matando, no puedes seguir envenenándote así.

Daba igual lo que dijera, ella siempre me miraba de manera despectiva y cansada. Pero cuando tenía fuerzas me acobardaba. Hoy era uno de esos días.

-¡Me importa una mierda Tom! ¡Todo me importa una mierda! ¿Por qué volviste? ¡Joder! ¿Por qué? Podías haberte quedado en tu Europa de fantasía, rodeado de tus amigas universitarias que sólo saben hablar de lo importantes que son en su trabajo, naufragando en tus divagaciones estériles, revolcándote en tu impotencia por convertirte en escritor, viviendo tu mundo de mierda completamente virgen, porque… ¿sabes una cosa?... no has vivido, no sabes quién eres ni hasta donde puedes llegar, no escribes porque no tienes nada sobre que escribir, no hay nada intenso que contar, mentiras, todo mentiras. Todo esto te viene grande, muy grande Tom. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a volver a dar clases para follarme por las noches en busca de inspiración? ¿Soy yo tu inspiración? ¡Eh! Tom, ¡contesta!, ¿soy yo tu inspiración ahora? ¡Maldita sea Tom contesta!

En ese momento se remangaba y me mostraba el brazo completamente picado, en busca de la vena una y mil veces. No podía evitar sentir asco al mirar su brazo, y ella se daba cuenta, no podía evitar imaginármela sentada en un puto baño infecto, con su dosis de heroína, buscando un momento de placer. La seguía queriendo, de eso no había duda. Había descubierto que la quería todavía más, en medio de aquel infierno de reproches, en medio de cualquier infierno, no estaba dispuesto a dar marcha atrás. Ahora o nunca. Vivos o muertos.

-Me rendí Tom. Te estuve esperando mucho tiempo. Perdí la cuenta.-El tono de su voz se apagaba.-Me sentí sola por primera vez en mi vida. Me sentí abandonada, traicionada, humillada. No encontraba placer en tirarme a todos los tíos que pudiera encontrar al otro lado de la barra y juro por dios que lo intenté. Al menos así me siento bien, nada me afecta. Volví a encontrar el placer. Puedo dejarlo, ¿sabes?, pero no me da la puta gana, estoy bien, me encuentro bien…

Llevaba un mes allí, era el enero más frío que había vivido nunca. Estaba en un pueblo perdido del norte de estados unidos. Tenía la firme convicción de que a nadie le importaba saber si estábamos vivos o muertos, podía tragarnos la tierra, desaparecer, y nadie nos buscaría. Empecé a fantasear con ello. Por primera vez veía la muerte como a la vecina de al lado, cerca, casi en tu jardín, acechando, la veía en las esquinas, al quitar la nieve de la puerta por las mañanas, la sorprendía mirándome a través de los productos del supermercado. Llevaba un mes allí y no había conseguido escribir ni una sola página. Había llorado más veces que en toda mi vida junta, lloraba por que la veía deshacerse, hundirse, vomitar en el baño tras una mala subida y porque no decirlo, lloraba por mí, por esa voz que me repetía sin cesar:

“Un año, sólo un año… si hubieras vuelto un año antes serías feliz. Toda tu vida sería distinta. Perdiste Tom, perdiste. Tarde, demasiado tarde Tom. Mírala… y tú eres el único responsable. Feliz cumpleaños.”

martes, 16 de junio de 2009

No nos lo perdonarán (y V)

No se encontraba muy bien. Supongo que la había sometido a mucha presión. Aparecer allí sin avisar, sin encomendarme a nadie, me resultaba ahora egoísta, desconsiderado, de un perfecto cabrón. Había calculado todo al milímetro, mis palabras, la llegada, las miradas, pretendía que fuera perfecto, el regreso del hijo pródigo. Pretendía que fuera definitivo, las cartas boca arriba, abran juego señores, es la última partida, la última oportunidad y lo aposté todo, si tienes poco tu única esperanza es hacer saltar la banca, no quieres un poco más, lo quieres todo.

Entró en la cocina, oí voces, hablaba con el encargado. La gente seguía mirándome, pero ya no me importaba, mi cerebro establecía por su cuenta pensamientos y posibles acciones para salir indemne de esta, nada estaba saliendo como esperaba, estaba volviendo a repetir los errores de siempre, el problema no era el lugar, el problema no era ella, ni siquiera era lo que yo sentía, el problema era yo. Apenas fueron 15 minutos, me parecieron siglos.

-Vámonos Tom-Dijo Cathy con voz cansada, como si fuera una escena mil veces repetida, como tu canción preferida mil veces seguidas.

Salió ya cambiada, unos pantalones de pana negra, un forro polar, un anorak en el brazo y un gorro de lana blanco dejando escapar su enmarañado pelo rubio por debajo y entonces recordé, recordé la primera vez que la vi en el bar, hacía ya mucho años, con su ridículo gorro de papa Noel y medio borracha. Nunca he odiado a nadie tanto como me odie a mi mismo en ese mismo momento, me odié por hacer tan complicado algo tan sencillo, la quería y eso tenía que haber sido suficiente, la quería por encima de las infidelidades, de los gritos, de sus huidas, de nuestros sueños enfrentados, de todo lo que dejamos detenido durante años.

Justo mientras le sujetaba la puerta me volví y vi que el que debía ser el encargado me miraba con cara desaprobación desde la puerta oscilante de la cocina, amenazante, peligroso, un tipo rudo, gordo, grasiento, con un tatuaje que le sobresalía por el brazo de su ajustada camiseta negra, mascaba chicle y movía su perilla roja al compás de las sienes de su cráneo pelado. “Si le haces daño te mataré” juro que oí sus pensamientos. Le miré fijamente, digno y desafiante me di la vuelta decidido, pisé una placa de hielo y casi me caigo si no hubiera sido porque todavía estaba agarrado al tirador de la puerta. Las risas se oyeron en España.

Cathy esperaba en la puerta del todoterreno mirándome con cara de mala hostia.

-¿Abres la puta puerta o qué? Joder que manía con cerrar el puto coche. Déjalo abierto como todo el mundo joder.
-¡Voy joder!, ¡voy!-No llevaba media hora allí y ya el odio empezaba a compensar al amor, o lo que fuera…

Le di al mando y muy despacio me acerqué al coche. Dos resbalones no tendrían perdón.

-¿Pero tú no vienes en coche hasta aquí?- Le pregunté una vez dentro.
-Matt pasa a recogerme por las mañanas y me lleva por las noches- Contestó Cathy.

Primer pensamiento: No pasan la noche juntos. Joder, no tengo remedio…

Conduje hasta el inhóspito pueblo que había pasado en el camino de ida justo antes del desvío. Me guió por las calles. Yo la miraba de reojo. Todo era irreal.

-Estás muy pálida. ¿Te encuentras bien? -Le dije tratando de empezar una conversación.
-Vete a la mierda. –Contestó ella.

Mensaje recibido. No hay ganas de hablar.

Llegamos a su casa-piso. Apenas algo más grande que el todoterreno. Aparqué en la puerta, bajamos del coche y cuando íbamos a entrar cerré con el mando a distancia las puertas. Ella me fulminó con la mirada.

Todo estaba desordenado, frío, casi sucio. Me abstuve de hacer ningún comentario.

-Voy a darme una ducha.-Dijo Cathy mientras empezaba a desvestirse.
- Tómate el tiempo que necesites.

Cuando salió de la habitación con la toalla. Vi las marcas inconfundibles en su brazo.

¿Hasta dónde habías bajado Cathy? ¿Dónde te encontrabas ahora? ¿Dónde iremos a parar? ¿Dónde estuve para evitarlo? Maldita sea. Pasados los años me di cuenta que no me lo perdonaría nunca.

martes, 2 de junio de 2009

No nos lo perdonarán (IV)

Apenas advirtió el enorme todoterreno negro que estaba en la puerta de la cafetería del motel. Estaba más delgada, desmejorada, llevaba el pelo más largo de lo que solía ser habitual. Me dieron ganas de bajar a ayudarla a tirar esa enorme bolsa al contenedor. Llevaba ya 15 minutos en el coche, me había dado 20 minutos para aclarar las ideas y no entrar como un elefante en una cacharrería.

Tenía todo preparado, todo previsto, mi frase genial aguardando. Olvidé todo una vez que la vi con ese vestido azul y el delantal blanco, camuflada entre la nieve de la acera. Observé sus pies, calzados con unos zapatos como los que había visto a algunas enfermeras, zapatos para personas que pasan mucho tiempo de pie. Las rodadas de hielo, marrón por el barro, cubrían el espacio desde la puerta del motel hasta el contenedor. Apenas 15 metros. Se me hicieron eternos. No podía evitar pensar en el frío y sus pies mojados. No sin esfuerzo tiró la bolsa al contenedor y volvió a entrar a la cafetería.

-Adelante Tom. Vamos. Sin pensar. -Me repetía para mis adentros.

Había tres furgonetas más en la explanada, todas pickup, todas con diversas herramientas en la parte trasera. Supuse que apenas habría más de 7 u 8 personas dentro. De todos modos eran demasiadas para una escena en plan reencuentro, ¿pero qué mierda de escena?, estaba empezando a desvariar, tenía que entrar ya o me iba a volver loco. 35 minutos.

Bajé. Al contrario que el resto de la gente de por allí cerré el coche. Fui hacia la puerta pisando el puto hielo marrón. Allí estaba ella, detrás de la barra, con cara de cansancio, mirando hacia lo que debía de ser el fregadero terminando de aclarar lo que serían uno vasos, el pelo recogido apenas le alcanzaba para hacerse una coleta, me acerqué hasta estar delante. Sin levantar la vista me preguntó:

-¿Que es lo que desea?
-A ti, pero me parece que es mucho pedir. -Ya lo he dicho en anteriores veces pero me parece bien repetirlo ahora, suelo joder todos los momentos con frases altisonantes, desmesuradas, incluso, a veces, fuera de contexto. No podía defraudarme. Digno del gran Bandini.

Entonces me miró. Se soltó la coleta, se apoyó en el fregadero con las dos manos, bajó la cabeza y respiró hondo. Se quitó el delantal. Volvió a mirarme.

Estaba más mayor. Habían pasado casi dos años y medio desde que habíamos estado juntos en Cádiz. La recordaba con la piel tostada, brillante, el pelo rubísimo por el sol, con un bikini blanco y riéndose sentada en una toalla mientras bebía una lata de cerveza. Esos dos años y medio parecían diez en ella.

-Me dijiste que vendrías en unos meses Tom. ¡Joder Tom! ¡en unos meses!, ¡maldita sea! Han pasado tres años otra vez. Tres putos años otra vez Tom sin saber nada de ti.

Mi cerebro quería apuntar que exactamente habían pasado dos años y cuatro meses. Pero entendí que no era el momento de ser puntilloso con el calendario. A esas alturas las veintitantas personas que estaban en la cafetería nos miraban si ningún tipo de disimulo. Y yo, nervioso por el recibimiento no podía evitar pensar tonterías:

-¿Pero de donde coño ha salido tanta gente? ¡Joder! si sólo había tres putas furgonetas fuera. Céntrate Tom, concéntrate en lo importante. -Pensaba para mis adentros, pero mi cerebro se había puesto ya a la defensiva.

-Me rendí, ¿sabes?, me rendí, Tom. Pensé que ya no vendrías.-Me dijo, ya sin ira, sólo cansada.
-¿Y la caja en casa de Adam? La dejaste para mi, sabías que vendría.–Dije agarrándome a esa esperanza como antes lo hacía a su sonrisa.
-Siento como si eso hubiese sido hace siglos Tom, hace siglos.

martes, 19 de mayo de 2009

No nos lo perdonarán (III)

Conduje durante horas. Perdí la cuenta. Me preguntaba cómo era posible que yo hubiera llegado allí, al culo del mundo, a un sitio con señales de “precaución: renos” en vez de las habituales "ojo: vacas". Repasé todo lo que había hecho en mi vida, las pequeñas decisiones que me hicieron abandonar caminos que pensaba definitivos. Repasé las veces que había sido feliz y aquellas en la que la tristeza todavía conseguía ponerme un nudo en la garganta y desmentir que estuviera ya duro por dentro.

Durante mucho rato no vino nadie por esa carretera y pensé que haría si pisaba una placa de hielo y me iba a tomar por el culo, no tenía móvil y, más que un gato, necesitaría un tigre si pinchaba y tenía que levantar aquella monstruosidad de todoterreno. Cantaba viejas canciones del cd que había puesto. A voz en grito.

Atravesé bosques y ríos, todo nevado. Me crucé con enormes camiones cargados con madera. Seguía cantando. Había tomado una decisión, por primera vez en mi vida me sentía seguro de algo. Allí estaba yo. Yo. Dispuesto a todo. Quizás para la gente eso fuera lo más natural del mundo, para mí era sentirme vivo otra vez y de una vez por todas.

Subí el volumen…

“Esto es lo que hay y esto es lo que debes saber. Ya te lo dije ayer. Puedes ser el rey, puedes ser un tipo de ley. ¿Cuál es tu salto mortal?
¿Dónde iremos a parar... caminando en círculos, como fieras afilando los colmillos?
No nos lo perdonarán, no nos lo perdonarán…
Será definitivo, será para volver contigo otra vez.
Esto es lo que hay y esto es lo que vas a aprender. ¿A dónde quieres llegar?
Puedes ver arder la carretera bajo tus pies con tal de regresar.
¿Dónde iremos a parar controlando el vértigo de los sueños que quedaron detenidos?
No nos lo perdonarán, no nos lo perdonarán…
Será definitivo, será para correr contigo otra vez.”



A la hora y media vi el pequeño desvío y el cartel enorme que anunciaba el motel. Tal y como me había explicado Adam no tenía perdida, más que nada porque no había nada en kilómetros a la redonda. Allí estaba. Fin de trayecto. Me había imaginado el futuro pero faltaba un pequeño detalle. Me faltaba decírselo a ella y que ella quisiera. Paré en la explanada justo enfilando la puerta de la cafetería. Le recé a la suerte para que estuviera allí y que no fuera su día libre o no hubiera cambiado de trabajo.

En ese momento me sentí el ser más despreciable del mundo.

martes, 5 de mayo de 2009

No nos lo perdonarán (II)

Ahí dentro estaba una foto de Sandra, mi ex, con mi familia, las llaves de mi expiso y mi excoche… mi exvida. Después la caja ardía y me quemaba los brazos, mientras, el resto del cuerpo seguía helado y poco a poco comenzaba a gotear, me estaba derritiendo, consumiendo, desapareciendo en un charco. Me desperté. Durante unos minutos lo sentí real. No creo en los presagios, pero me sentí intranquilo durante unos minutos, aquello no podía ser nada bueno, supuse que era sólo el miedo, el miedo otra vez. Eran las 5 de la mañana. Me levanté. Me di una ducha, preparé la mochila y bajé a desayunar algo tratando de hacer el mínimo ruido posible.

Con el café en las manos me dirigí al garaje. Abrí la caja con cuidado, cortando el precinto con una navaja que había en una caja de herramientas. El sueño me había dejado inquieto y no sabía que podía encontrar.

Ahí estaban unos cuantos discos míos, un par de cuadernos que dejaría olvidados en algún cajón de la casa, un par de camisetas, mi armónica, y sobres con fotos. Una veintena o más de sobres llenos de fotos. No había visto ninguna en casa. Deduje que desde que me fui había recopilado y hecho copias de todas las fotos que habían hecho sus amigos y en las que salíamos juntos, jamás imaginé que fueran tantas. Pero ahí estaban y en todas yo era irreconocible, en todas se me veía feliz. Cerré la caja y los ojos durante un instante. Estaba sólo a unas horas de lo que veía en las fotos. Un poco mareado me dirigí a la cocina. Mi determinación, si alguna vez en los últimos días había llegado a flaquear, era ya absoluta.

A las seis menos cuarto bajó Adam.

-¿Te he despertado? -le pregunté.
- No, no, tranquilo. Me despierto siempre pronto.

Trató de beberse el café que yo había preparado…

-¿Pero qué mierda es esta? –Lo escupió en la fregadera.
-Perdón preparé un poco para mí. Échale más agua. –Reí.

Adam rió. Siempre les decía lo mismo. Me consideraban un derrochador y yo los acusaba de bárbaros por aguar el café.

-¿Sales ya? –Me preguntó.
-Sí. Cuanto antes mejor, no sé lo que me puede costar.
- ¿Con que vas? –Parecía mi madre preguntado si iba bien equipado a los campamentos.
- Tranquilo les he alquilado a los de Alamo un GMC Sierra. Lo llevo todo, estoy preparado.

Silencio. Adam quería decirme algo y no se atrevía.

-Dispara. –Quería igualarme al chico duro de los bosques del Norte.
-No sé Tom… Intenta que esta vez salga bien. Veníos a Boston. Será como en los viejos tiempos… No os hagáis más daño, no os lo perdonaría.
-Lo intentaré Adam, de verdad. Gracias por dejarme pasar la noche aquí. Me alegro de haberte vuelto a ver. Dale un beso a Jane de mi parte.

Le abracé, dejé la taza en el fregadero, me puse la mochila y cogí la caja. Me dirigí hacia la puerta que desde la cocina daba al lateral donde tenía el coche, justo antes de abrirla me volví. Adam apoyado en la bancada de la cocina me miraba. Hizo un gesto con la mano, le respondí con la cabeza y salí. El frío me corto la cara como un cuchillo.

Miré el coche. Me di la vuelta y volví a entrar. Adam seguía en la misma posición, una sonrisa se le dibujaba en la cara.

-¿Y bien chico preparado? –Ahí lo tenías, la satisfacción, la ironía y la preocupación hecha hombre.
-¿Me dejas una pala y una rasqueta para quitar toda la nieve?
-Espera que me vista. Te ayudaré.

En ese momento sentí que tenía que darle las gracias. No por esto, por mucho más.

-Gracias Adam… por todo. Sé que pudo venir a España porque tú le dejaste el dinero.
-Esa cabrona no es capaz de mantener la bocaza cerrada…
-Ya la conoces.-Dije, con ganas de añadir, incluso mejor que yo, pero no quería remover viejas historias.

Una hora después estaba con el plano abierto y las notas en el asiento del copiloto rumbo al Norte, todavía más al Norte.

martes, 21 de abril de 2009

No nos lo perdonarán (I)

La encontré en un motel de una carretera perdida del condado de Somerset, trabajando de camarera y arreglando las habitaciones. Chica para todo. Y el invierno haciéndole rechinar los dientes cuando salía a tirar la basura. Más al norte todavía. En la más absoluta de las nadas y a un paso de Québec. Habían pasado casi dos años y medio.

Llevaba parado en la puerta 20 minutos con la calefacción del todoterreno a tope, los últimos 20 minutos del gran viaje, el viaje definitivo. Mirando por las ventanillas cubiertas de cristales de hielo y los limpiaparabrisas retirando los pequeños copos que seguían cayendo. “El infierno debe de ser muy parecido a este sitio”, pensé, vi como el hielo colgaba de los retrovisores laterales y suspiré, quería arrojar toda la tensión lejos, muy lejos, al horizonte blanco que se confundía con las nubes y las copas de los árboles llenos de nieve. De todas las direcciones posibles al dejar Boston ella se había dirigido al Norte, yo siempre le hablaba del Sur, de Miami, del eterno verano, de andar descalzos por la playa. Se había ido hacia todo aquello que la alejaba de mí.

Con las señas escritas en el papel y unos pequeños dibujos y anotaciones en un mapa no había sido difícil llegar: “Jackman, Maine, estatal 201, junto al lago Bigwood”. Adam había sido escueto pero eficiente, no tenía perdida. Me había mirado con sorpresa al verme aparecer en su puerta, como si en vez de venir de Europa hubiera venido de un universo paralelo, después me abrazó con sorprendente afecto. Me invitó a pasar la noche en su casa y en la cena, hablando de mil cosas, me dio la dirección.

-¿Vas a volver con ella otra vez? ¿Será definitivo? – Pregunto a bocajarro en un momento de la conversación.
-Si ella quiere sí. –Dije, firme y decidido. Se habían acabado las dudas. –Será definitivo otra vez. –Añadí.

Adam torció el gesto con lo de “otra vez”, no era muy de hacer bromas con los sentimientos, ¡pero qué coño! era yo el que se la estaba jugando y podía permitirme el lujo de hacerlas. Aunque a estas alturas era más consciente que de lo que hacía realmente era vivir y no jugármela.

-Hace mucho que no la veo Tom. La última vez que hable con ella no la noté bien. De un tiempo a esta parte es como si se estuviera apagando.

Me quedé pensativo, pero Jane me sacó de mi ensimismamiento y preocupación ofreciéndome una cerveza.

Adam se había casado con Jane, Jane Maginis, una chica de mirada sincera y que podrías haber visto en mil sitios y nunca la recordarías. Quería a Adam, se notaba en cada cosa que hacía y Adam trabajaba duro, siempre lo había hecho, pero ahora tenía un motivo más noble para seguir en aquel garaje mugriento, que a ella no le faltase nunca nada. Tenían un objetivo común, “llegarán lejos” pensé. Entonces el vértigo se apoderó de mí. ¿Qué teníamos en común Cathy y yo? Adam rompió el silencio que se había formado y dijo:

-Ven, quiero enseñarte algo.

Salimos al garaje, un garaje grande, con altillo, lleno hasta reventar de cajas, herramientas, neumáticos de verano con sus llantas, un todoterreno con más años que yo, compresores, palas en ordenado caos… y me llevó hasta una caja. Mi nombre estaba en un lateral escrito con un rotulador de trazo grueso. Reconocí la letra en cuanto la vi.

-Dejó esto para ti. –dijo Adam señalando la caja-. No la he abierto si te lo preguntas, me dijo que un día vendrías por ella.

La caja no era muy grande, era una caja de cartón cerrada con adhesivo de embalar también marrón. Me preguntaba que habría dentro.

- Gracias Adam.

No hice mención de abrirla, prefería hacerlo cuando estuviera sólo. No sabía lo que me podía encontrar.

- ¿Cuando irás? –Pregunto Adam con un aire paternalista, no sé si estaba preocupado por mí o por Cathy.
-Mañana temprano.
-Es un viaje duro. ¿Quieres llamarla antes?
-No. De verdad.
-Es mejor que alguien sepa que vas para allí, tienes unas 275 millas, en verano podrías hacerlas en 4 horas mas o menos, pero para esta noche han dado nieve. No sé cómo te encontraras aquello y tú….

Ahora era cuando Adam adoptaba la pose de tío duro criado en los rigores del invierno y yo la de muchachito tropical.

-De verdad Adam, gracias. Se lo que hay.
-Ok, Ok. Tú mismo. Vamos a dormir Tom. Mañana tendrás un día duro.

Estaba cansado. Dormí. Soñé con la nieve, luego desperté sudando, el sueño había degenerado en una pesadilla. Iba con el todoterreno por la noche, por una carretera con las cunetas llenas de nieve y bordeada de un bosque denso y oscuro. De repente una caja en medio de la carretera, detenía el coche, bajaba en medio de la ventisca y abría la caja…