La encontré en un motel de una carretera perdida del condado de
Somerset, trabajando de camarera y arreglando las habitaciones. Chica para todo. Y el invierno haciéndole rechinar los dientes cuando salía a tirar la basura. Más al norte todavía. En la más absoluta de las nadas y a un paso de
Québec. Habían pasado casi dos años y medio.
Llevaba parado en la puerta 20 minutos con la calefacción del
todoterreno a tope, los últimos 20 minutos del gran viaje, el viaje definitivo. Mirando por las ventanillas cubiertas de cristales de hielo y los limpiaparabrisas retirando los pequeños copos que seguían cayendo. “El infierno debe de ser muy parecido a este sitio”, pensé, vi como el hielo colgaba de los retrovisores laterales y suspiré, quería arrojar toda la tensión lejos, muy lejos, al horizonte blanco que se confundía con las nubes y las copas de los árboles llenos de nieve. De todas las direcciones posibles al dejar
Boston ella se había dirigido al Norte, yo siempre le hablaba del Sur, de
Miami, del eterno verano, de andar descalzos por la playa. Se había ido hacia todo aquello que la alejaba de mí.
Con las señas escritas en el papel y unos pequeños dibujos y anotaciones en un mapa no había sido difícil llegar: “
Jackman, Maine, estatal 201, junto al lago
Bigwood”.
Adam había sido escueto pero eficiente, no tenía perdida. Me había mirado con sorpresa al verme aparecer en su puerta, como si en vez de venir de Europa hubiera venido de un universo paralelo, después me abrazó con sorprendente afecto. Me invitó a pasar la noche en su casa y en la cena, hablando de mil cosas, me dio la dirección.
-¿Vas a volver con ella otra vez? ¿Será definitivo? – Pregunto a
bocajarro en un momento de la conversación.
-Si ella quiere sí. –Dije, firme y decidido. Se habían acabado las dudas. –Será definitivo otra vez. –Añadí.
Adam torció el gesto con lo de “otra vez”, no era muy de hacer bromas con los sentimientos, ¡pero qué coño! era yo el que se la estaba jugando y podía permitirme el lujo de hacerlas. Aunque a estas alturas era más consciente que de lo que hacía realmente era vivir y no
jugármela.
-Hace mucho que no la veo
Tom. La última vez que hable con ella no la noté bien. De un tiempo a esta parte es como si se estuviera apagando.
Me quedé pensativo, pero
Jane me sacó de mi ensimismamiento y preocupación ofreciéndome una cerveza.
Adam se había casado con
Jane,
Jane Maginis, una chica de mirada sincera y que podrías haber visto en mil sitios y nunca la recordarías. Quería a
Adam, se notaba en cada cosa que hacía y
Adam trabajaba duro, siempre lo había hecho, pero ahora tenía un motivo más noble para seguir en aquel garaje mugriento, que a ella no le faltase nunca nada. Tenían un objetivo común, “llegarán lejos” pensé. Entonces el vértigo se apoderó de mí. ¿Qué teníamos en común
Cathy y yo?
Adam rompió el silencio que se había formado y dijo:
-Ven, quiero enseñarte algo.
Salimos al garaje, un garaje grande, con altillo, lleno hasta reventar de cajas, herramientas, neumáticos de verano con sus llantas, un
todoterreno con más años que yo, compresores, palas en ordenado caos… y me llevó hasta una caja. Mi nombre estaba en un lateral escrito con un rotulador de trazo grueso. Reconocí la letra en cuanto la vi.
-Dejó esto para ti. –dijo
Adam señalando la caja-. No la he abierto si te lo preguntas, me dijo que un día vendrías por ella.
La caja no era muy grande, era una caja de cartón cerrada con adhesivo de embalar también marrón. Me preguntaba que habría dentro.
- Gracias
Adam.
No hice mención de abrirla, prefería hacerlo cuando estuviera sólo. No sabía lo que me podía encontrar.
- ¿Cuando irás? –Pregunto
Adam con un aire
paternalista, no sé si estaba preocupado por mí o por
Cathy.
-Mañana temprano.
-Es un viaje duro. ¿Quieres llamarla antes?
-No. De verdad.
-Es mejor que alguien sepa que vas para allí, tienes unas 275 millas, en verano podrías hacerlas en 4 horas mas o menos, pero para esta noche han dado nieve. No sé cómo te encontraras aquello y tú….
Ahora era cuando
Adam adoptaba la pose de tío duro criado en los rigores del invierno y yo la de
muchachito tropical.
-De verdad
Adam, gracias. Se lo que hay.
-
Ok,
Ok. Tú mismo. Vamos a dormir
Tom. Mañana tendrás un día duro.
Estaba cansado. Dormí. Soñé con la nieve, luego desperté sudando, el sueño había degenerado en una pesadilla. Iba con el
todoterreno por la noche, por una carretera con las cunetas llenas de nieve y bordeada de un bosque denso y oscuro. De repente una caja en medio de la carretera, detenía el coche, bajaba en medio de la ventisca y abría la caja…